Liderazgo y Psicología OrganizacionalSíndrome del impostor

Me diagnosticaron síndrome del impostor a los 37 años y no era lo que creía

Marta tenía treinta y siete años cuando le dieron el ascenso que había pedido durante dos. No saltó de alegría. No llamó a su madre. No se lo contó a nadie. Se encerró en el baño de la oficina y vomitó.

No estaba enferma. No tenía gastroenteritis. No llevaba nada malo en la comida. Era miedo. Un miedo denso, caliente, que le subió desde el estómago hasta la garganta y le explotó en la boca del estómago.

—Ahora van a descubrir que no valgo para esto —pensó mientras se limpiaba la frente con papel de secar manos—. Van a ver que todo fue suerte. Que mi trabajo no era tan bueno. Que ascendieron a la persona equivocada.

Marta no estaba loca. No era débil. No era tonta. Marta sufría lo que los psicólogos llaman síndrome del impostor. Y lo que ella no sabía es que siete de cada diez profesionales lo han sentido al menos una vez en su vida.

Hoy, Marta tiene cuarenta y dos años. Sigue en ese puesto. Sigue siendo buena en él. Y ha aprendido a convivir con su impostora interior. Me pidió que no usara su nombre real. Me pidió que contara su historia. Por si a alguien le sirve. Por si alguien que ahora mismo está encerrado en un baño leyendo esto puede sentirse menos solo.

El día que todo cambió y nada cambió

Marta llevaba dos años preparándose para aquel ascenso. Había hecho cursos. Había pedido más responsabilidades. Había trabajado fines de semana. Había callado cuando tocaba callar y había hablado cuando tocaba hablar.

Cuando su jefe la llamó a su despacho, ella ya sabía lo que iba a oír. Llevaba días ensayando su reacción. Iba a sonreír con dignidad. Iba a dar las gracias con calma. Iba a salir despacio, cerrar la puerta sin ruido y celebrarlo con sus compañeras.

Nada de eso pasó.

Escuchó las palabras «te hemos elegido a ti» y su cerebro se quedó en blanco. No recordaba haber asentido. No recordaba haber estrechado la mano de su jefe. No recordaba haber salido del despacho. Lo siguiente que supo es que estaba en el baño, arrodillada frente a la taza, con la camisa manchada y las mejillas ardiendo.

—No sé cuánto tiempo estuve allí —me cuenta años después, en una terraza tranquila, con un té en la mano—. Recuerdo que alguien llamó a la puerta. Una compañera. Me preguntó si estaba bien. Le dije que sí. Mentí. Salí, fui a mi mesa, y trabajé el resto del día como si nada hubiera pasado.

Su jefe le propuso una cena de celebración. Marta rechazó. Dijo que tenía que llevar a su hija al médico. Era mentira. Su hija estaba perfectamente. Lo que Marta no podía era sentarse en una mesa redonda con sus nuevos compañeros y fingir que merecía estar allí.

Si has vivido algo parecido, no estás sola. En nuestra sección de liderazgo y psicología organizacional hablamos de estas dinámicas de poder y autopercepción. Te recomiendo echarle un vistazo.

La confidencia de Marta: esto es lo que me decía mi cabeza

Marta tardó meses en verbalizar lo que le pasaba. Al principio creía que era normal. Que era humildad. Que era realismo. Hasta que una noche, hablando con su hermana mayor, soltó lo que llevaba dentro.

—Me da miedo que alguien pida ver mi código —dijo. Su hermana se quedó en blanco. —¿Qué código? —el código que escribo. El código que he escrito durante ocho años. El código que ha servido para lanzar tres productos. El código que revisan mis compañeros cada semana. El código por el que me ascienden.

Su hermana, que no sabía nada de programación, le preguntó: ¿y por qué te da miedo que lo vean?

Marta bajó la voz, como si fuera a confesar un delito. Porque creo que en realidad es malo. Que los demás no lo han mirado bien. Que algún día alguien se dará cuenta de que no sé hacer mi trabajo.

Esa noche, su hermana le dijo algo que Marta no olvidaría nunca: si tu código fuera malo, Marta, no habrías llegado donde has llegado. No te habrían ascendido. No te habrían dado más responsabilidades. No estarías aquí, preocupándote por algo que solo existe en tu cabeza.

Marta no lo creyó del todo. Pero algo se movió dentro de ella. Alguien acababa de poner nombre a lo que sentía. Y ponerle nombre, aunque no lo cure, siempre es el primer paso.

El síndrome del impostor está muy relacionado con otros fenómenos psicológicos que tratamos en nuestra sección de perfiles psicológicos para empresas, como el perfeccionismo patológico o la autoexigencia desmedida.

Los tres pensamientos que la atormentaban

Marta y yo hemos hablado varias veces. No soy su terapeuta. Soy su acompañante. Una coach. Alguien que la escucha y le devuelve preguntas. Con el tiempo, fuimos identificando los pensamientos que se repetían como un disco rayado en su cabeza. Los tres más frecuentes eran estos.

El primero: cualquier persona podría hacer mi trabajo. Es el pensamiento de la sustituibilidad. La creencia de que no hay nada especial en lo que haces. Que cualquier colega, con un poco de esfuerzo, podría ocupar tu puesto y hacerlo igual o mejor. Marta lo sentía cada vez que un compañero la felicitaba por algo. En lugar de sentirse orgullosa, pensaba: no es para tanto. Cualquiera lo habría hecho.

El segundo: fue solo suerte. Es el pensamiento de la aleatoriedad. El éxito no es mérito propio. Es casualidad. Estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. Tener un jefe que te aprecia sin motivo. Haber heredado un proyecto ya bien encaminado. Marta lo sentía cada vez que alguien le preguntaba cómo había logrado algo. Nunca decía «trabajé duro» o «tomé buenas decisiones». Siempre decía «tuve suerte».

El tercero: algún día se darán cuenta. Es el pensamiento del descubrimiento. La creencia de que tu fachada se va a caer. Que alguien va a pedir ver los papeles y los papeles no van a estar. Que te van a señalar con el dedo y decir «esta persona no vale». Marta lo sentía cada domingo por la noche, antes de empezar la semana. Y cada mañana, antes de entrar en la oficina. Y cada vez que su jefe la llamaba a su despacho sin avisar.

Estos tres pensamientos son el combo completo del síndrome del impostor. Si te suenan, no estás sola. Es la voz de tu impostora interior. Y no es tu enemiga. Es solo una voz. Y las voces se pueden entrenar.

Qué dice la psicología del síndrome del impostor y qué no te han contado

El síndrome del impostor no es una enfermedad. No está en el manual de diagnóstico de los psiquiatras. Es un patrón de pensamiento. Una forma de interpretar el éxito que afecta especialmente a personas competentes. Y aquí viene la paradoja: cuánto más vales, más probabilidades tienes de sentír un impostor.

Las personas que realmente no saben hacer su trabajo no sufren el síndrome del impostor. Porque no tienen la capacidad de evaluar su propia incompetencia. Es lo que los psicólogos llaman efecto Dunning Kruger: los incompetentes se creen genios. Los competentes se creen impostores.

Marta sonrió cuando le expliqué esto. ¿Me estás diciendo que preocuparme por no valer es la prueba de que valgo? Exactamente, Marta. La duda es la llave. La certeza absoluta es el verdadero problema.

Si quieres profundizar en este efecto paradójico, te recomiendo nuestra sección de sesgos cognitivos, donde hablamos del exceso de confianza y de cómo nuestro cerebro nos engaña sistemáticamente.

El día que Marta entendió que no era la única

Un día, Marta fue a un congreso. Era la primera vez que asistía como directiva, no como técnica. Durante la comida, se encontró en una mesa con otras cinco mujeres. Todas con puestos similares al suyo. Todas con trayectorias impecables. Todas con la misma cara de haber vomitado en el baño el día del ascenso.

Una de ellas, la más veterana, soltó una frase que rompió el hielo. ¿Alguien más aquí siente que la van a descubrir de un momento a otro? Hubo un silencio. Y luego una carcajada colectiva. Una carcajada nerviosa. Una carcajada de alivio. La confesión de la veterana abrió la compuerta. Una a una, fueron contando sus propias impostoras. Sus miedos. Sus insomnios. Sus domingos por la noche.

Marta se dio cuenta de algo que nunca había entendido. No era la única. Todas las que estaban a su alrededor, las que admiraba, las que tomaban decisiones importantes, las que dirigían equipos grandes, también tenían miedo. La diferencia es que ellas habían aprendido a no escuchar a su impostora. O a escucharla sin hacerle caso.

Aquella comida duró tres horas. Cuando Marta salió del restaurante, el mundo se veía distinto. Seguía teniendo miedo. Pero ya no se sentía sola. Y eso, a veces, es suficiente.

Cómo aprendió a convivir con su impostora interior sin que le arruinara la vida

Marta no eliminó su síndrome del impostor. No creo que nadie pueda eliminarlo del todo. Aprendió a convivir con él. A reconocerlo. A llamarlo por su nombre. Y a no dejar que decidiera por ella.

Estas son las herramientas que le funcionaron. Las comparto porque pueden funcionarte a ti.

La libreta de evidencias

Marta empezó a escribir cada día un logro. Uno solo. Pequeño. Un correo bien redactado. Una reunión bien llevada. Un compañero al que ayudó. Cuando su impostora le decía «no vales», ella abría la libreta y leía. No eran grandes hazañas. Eran pruebas. Y las pruebas callan a la impostora más que los discursos.

La regla de las tres versiones

Antes de atribuir un éxito a la suerte, Marta se obligaba a pensar en tres razones por las que ese éxito podía deberse a su esfuerzo o a su talento. No para engañarse. Para entrenar a su cerebro a no saltar automáticamente a la explicación más autodestructiva.

La confesión en voz alta

Marta aprendió a decir «tengo miedo» delante de su equipo. No lo hacía para debilitarse. Lo hacía para normalizar. Cuando la jefa dice que tiene miedo, los demás se sienten autorizados a decir lo suyo. Y el miedo compartido pesa menos.

El límite del perfeccionismo

Marta entendió que nunca iba a sentirse completamente preparada. Que la preparación total es una trampa. Que los hombres se presentan a puestos cuando cumplen el sesenta por ciento de los requisitos y las mujeres esperan a cumplir el cien. Dejó de esperar. Se presentó. Y ganó.

La terapeuta adecuada

Marta probó tres psicólogas hasta dar con la que le entendió. No es fácil. No es rápido. Pero merece la pena. Una buena terapeuta no te dice «no te preocupes». Te dice «preocúpate, pero por esto, no por aquello».

En mi sección de El Laboratorio de la Mente tengo ejercicios prácticos para entrenar estas herramientas. Puedes empezar con el de la libreta de evidencias. Es el más sencillo y el que mejores resultados da.

Lo que Marta quiere que sepas si estás leyendo esto desde el baño de tu oficina

Marta me pidió que incluyera esto. Son palabras suyas. Literales.

No estás rota. No eres una farsa. No te van a descubrir. La sensación de que todo el mundo sabe algo que tú ignoras es mentira. La mayoría de la gente que te rodea tiene el mismo miedo. Algunos lo disimulan mejor. Pero lo tienen.

El síndrome del impostor no se cura. Se gestiona. Aprenderás a reconocerlo. A veces te ganará. La mayoría de las veces le ganarás tú. Y con los años, su voz se hará más pequeña. No desaparecerá del todo. Pero ya no te gritará. Solo susurrará. Y los susurros, cuando sabes que lo son, pueden ignorarse.

Y si hoy no puedes ignorarlos, si hoy el miedo es más fuerte que tú, respira. Solo resiste. No necesitas hacer nada más. Resistir ya es suficiente. Mañana será otro día.

Firmado: Marta. Una impostora recuperada.

Un mensaje final de Valeria

He acompañado a muchas Martas en mi consulta. Directivas, emprendedoras, profesionales brillantes que no se ven a sí mismas como los demás las ven. El síndrome del impostor no discrimina por edad, por sector, por ingresos ni por éxito objetivo.

Lo he visto en mujeres con premios internacionales que se sienten un fraude. Lo he visto en hombres con equipos de cien personas que creen que cualquier día los despedirán. Lo he visto en jóvenes de veinticinco años que acaban de conseguir su primer trabajo y en profesionales de sesenta que llevan toda una vida demostrando lo que valen.

Si algo he aprendido es esto: el síndrome del impostor no es un problema de competencia. Es un problema de percepción. No ves lo que vales porque tu cerebro está entrenado para ver lo que te falta. Y ese entrenamiento se puede desaprender. No es fácil. No es rápido. Pero se puede.

Empieza por una libreta pequeña. Un boli. Un logro al día. Sin trampas. Sin exigencias. Solo una línea. «Hoy ayudé a un compañero». «Hoy resolví un problema». «Hoy vine, aunque tenía miedo».

Dentro de un mes, esa libreta será tu mejor arma contra tu impostora. Y cuando ella grite, tú abrirás la libreta y le leerás en voz alta. Y poco a poco, ella irá bajando la voz. Hasta que solo sea un recuerdo. Un recuerdo de cuando te creías menos de lo que eras.

Valeria Castro Hernández
Coach de bienestar e inteligencia emocional
Lienzo Oculto


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Valeria Castro Hernández

Valeria Castro Hernández es coach de bienestar y especialista en inteligencia emocional aplicada a entornos profesionales. Con formación en psicología positiva y gestión del estrés, ayuda a directivos y equipos a prevenir el burnout, mejorar la toma de decisiones y construir liderazgos saludables. En Lienzo Oculto coordina las áreas de Ciencia de la Conducta y El Laboratorio de la Mente.

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